Llueve copiosa y persistentemente sobre la ciudad, y dura el tiempo de un chaparrón en la tarde tucumana. Dos mujeres se encuentran casualmente en la parte delantera de una típica casa de barrio, rodeadas del verde de las plantas y acompañadas de objetos en desuso, del sonido de una radio y de voces que circulan en su entorno. El vínculo entre ambas nace a partir de sucesos y estados que parten de ese hecho casual, inocente a simple vista, pero cargado de significado dramático.
Un escenario cotidiano, común y frecuente asume una envergadura especial en “El patio”, la propuesta que estrenará Raúl Reyes esta noche en su sala Luis Franco, de El Círculo de la Prensa. “Hay miradas, silencios, secretos guardados de ambos personajes, que configuran el universo por el que se despliega la obra. En ese vínculo azaroso no hay una intención de abordar grandes sucesos, sino simplemente el desafío de estar”, le explica a LA GACETA.
- ¿Se partió de un planteo estético teatral predeterminado?
- No nos movió ninguna intención de estilo o de conceptualización teatral, sino simplemente el deseo de apelar a un registro escénico tenue que se centre en la actuación como medio de producir estados. A medida que el trabajo se fue desarrollando, nos iba abriendo caminos y reflexiones de un orden más humano.
- ¿Desde dónde se fue armando la obra?
- Lo central en el proceso de investigación y de creación fueron las características contrastantes y valiosas de ambas actrices, Lucila Ale y Soledad Funes, acompañadas por un personaje masculino, Martín Betella, que tiene una breve y contundente aparición en la cual da cuenta de un mundo que nace y al cual no podrá ya ingresar. El contraste actoral fue el elemento que dio origen y dinamizó todo el proceso de construcción. Esto nos apasionó, junto a una preocupación por la valorización de los detalles, de las pequeñas gestualidades y también con la elaboración de un texto final que no le escapa a un hablar cotidiano; pero está asentado en las contradicciones y en las confusiones propias de seres entrañables que, en su deambular diario, intentan la utopía de vivir y de ser un poco más felices.
- Pero siempre atravesado por un sentido.
- Ese universo, aunque efímero y en la superficie sin sobresaltos, fue creado por las actrices en las improvisaciones. Nos dio una teatralidad de un tono suave, sin grandes acumulaciones o estallidos tan habituales en nuestras producciones, lo que en apariencia sonaba antiteatral y sin embargo nos conmovía y convocaba.
- ¿Con qué emociones juegan?
- A veces un costado tierno que arranca sonrisas sin anular la tristeza, a veces sin demasiada salidas o expectativas, a veces desde un absurdo cotidiano que las ahoga. Es también el intento de un teatro que recobre el campo emocional como soporte importante de la actuación.
- Desde el nombre de la obra hay un trabajo sobre el espacio.
- Cobra mucha importancia el espacio, al punto que es un personaje protagónico sin el cual la obra tampoco existiría. Espacio y comportamiento escénico fueron creando una unidad singular a la que hoy llamamos “El patio”. Fue construido por el grupo en la propia creación de la obra, como signo no decorativo o de ilustración. En su armado tuvo un rol relevante Jacinto Sacur, nuestro asistente general.
- ¿En qué contexto de producción teatral se encuentra esta obra?
- Se suma a una serie de producciones que venimos realizando en la Sala Luis Franco desde hace años, y que tuvo su aporte fundacional con la obra “La cebolla y el sellamiento del Chero”, ganadora de la Fiesta Provincial en 2013 y que en breve estará de gira en el Sportivo Teatral de Buenos Aires, invitada por Ricardo Bartís. Este director, a su vez, vendrá a Tucumán en octubre a dictar un seminario, luego de ocho años de ausencia.